Jesús, un rabbí singular

Blog post description.

EDUCACION TEOLOGICA

Samuel Marcano

3/25/202610 min leer

white concrete building
white concrete building

El ministerio docente de Jesús fue sin duda alguna distintivo. Esta precisamente fue su principal desafío a la dirigencia docente de su tiempo. El pueblo reconoció en él no solamente a uno que podía enseñar, lo que también hacían los escribas y fariseos, sino que podía hacerlo de una manera totalmente diferente a ellos.

Dentro de las particularidades del ministerio docente de Jesús encontramos las siguientes:

  • Autoridad.

Jesús fue percibido por sus oyentes como un maestro que tenía autoridad (Mateo 7:29). A diferencia de la idea del maestro autoritario e impositivo, el término autoridad sugiere en este pasaje una capacidad especial para hacer algo, es decir, una habilidad extraordinaria (Arndt y Gingrich, 1979).[1] ¿Cuál era esa habilidad que Jesús mostró y que tanto impactó a su audiencia? Jesús era un maestro hábil en el manejo y aplicación de las Escrituras como ningún otro.

El contexto de Mateo 7: 29 es la enseñanza comúnmente llamada «El sermón del Monte», que comprende los capítulos cinco al siete de Mateo. Allí Jesús explica el verdadero sentido de las Escrituras y las aplica de una forma práctica y directa:

Oísteis que fue dicho…más yo os digo

Esa habilidad especial o autoridad para exponer la Escritura provenía de la relación espiritual entre Jesús y su Padre: Lo que el Padre celestial le comunicaba, eso Jesús enseñaba (Juan 15: 15). La autoridad de Jesús es contrastada en este pasaje con el tipo de enseñanza de los escribas quienes tenían la “autoridad oficial” y la preparación adecuada para instruir a los judíos.[2] Es muy posible, como afirman Arndt y Gingrich (Ob.cit), que esta autoridad tenía que ver con la percepción que tenían algunos judíos que Jesús realmente venía de Dios como maestro (Juan 3:2).

  • Poder.

La enseñanza de Jesús iba acompañada de un despliegue único de poder. En una ocasión, mientras enseñaba en la sinagoga sanó a un hombre endemoniado (Lucas 4:31). En otra ocasión, también en una sinagoga, sanó a un hombre que tenía una mano seca (Lucas 6:6) y posteriormente a una mujer que tenía dieciocho años encorvada (Lucas13:10ss)

Curiosamente la sinagoga era el centro educativo de los judíos en la época de Jesús. Los escribas y fariseos enseñaban allí del amor y el poder de Dios pero no se sabe de ningún caso donde los escribas sanaron a alguien para demostrar ese poder del cual tanto hablaron.

Sin duda que en las sinagogas estaban personas endemoniadas, afligidas y enfermas de diversos males que asistían sábado tras sábado para escuchar las excelentes explicaciones de los doctores de la ley. Pero fue hasta que llegó este sencillo carpintero sin formación académica de Nazareth que ellos pudieron encontrar alivio a sus males. Si Jesús no hubiese estado allí, nunca hubieran sido restaurados.

Por supuesto que todo esto causaba admiración en unos y envidia en otros. Jesús mostró que su enseñanza no se limitaba a las palabras, sino que había un «obrar milagroso» que mostraba o ratificaba el poder de aquellas palabras para convencimiento de los que oían y veían tales señales (véase. Lucas 4:36‑37).

  • Sabiduría.

Una particularidad notable en la personalidad de Jesús como maestro era su sabiduría e inteligencia. Esta particularidad fue evidenciada desde niño (Lucas 2:46), lo que trajo asombro a todos lo que lo oían (Lucas 2: 47). Cuando Jesús comenzó a desarrollar su ministerio a algunos se les hizo difícil entender como él había adquirido tales conocimientos pues ellos le conocían desde pequeño (Mateo 13:54). La razón de esta sorpresa era que Jesús no había estudiado formalmente para ser un doctor de la ley.

La educación formal de los escribas comenzaba desde muy pequeños (Jeremías, 1985). Después de un riguroso estudio que enfatizaba la exégesis de la Torá, el alumno graduaba de «doctor no ordenado» (Talmid hakam); pero sólo a los 40 años, podía ser ordenado (semikah) y formar parte del equipo de escribas con plenos derechos (hakam). Desde ese momento el escriba quedaba facultado para decidir por sí mismo asuntos judiciales o religiosos y podía servir como juez en procesos criminales y civiles, era un intérprete y ejecutor de la ley. Jesús carecía de toda esta formación académica y por ello el pueblo se admiraba de la forma en la cual interpretaba y aplicaba las Escrituras sin haber estudiado nunca como hacerlo (Juan 7:15).

  • Legitimidad.

Cristo reclamó para sí el derecho de hablar la única y verdadera doctrina divina. Su enseñanza no era la interpretación de lo que había dicho un determinado maestro de su época, como era la costumbre de los fariseos, sino que provenía del mismo Dios (Juan 7:16). Esta legitimidad de la enseñanza de Jesús se contrastaba con la de los escribas, que él comparó con levadura por ser deformantes y corrompida (Mateo 16:12) El error de los fariseos era que enseñaban doctrinas de hombres (interpretaciones apegadas más a una escuela de pensamiento que a la propia Escritura) como verdadera doctrina (Mateo 15:9). Jesús, por el contrario, sólo hablaba lo que había recibido del Padre (Juan 12:49; 14:10) y por lo tanto su enseñanza era absoluta y definitiva para la restauración del hombre perdido (Juan 12:44‑50).

Al respecto comenta Hendriksen (1986): “Ellos (los fariseos) estaban constantemente tomando enseñanzas de fuentes falibles, citando un escriba a otro. Ellos estaban tratando de sacar aguas de cisternas rotas. El sacaba de sí mismo, siendo él la fuente de aguas vivas (Jeremías 2: 13)” (p.400).

  • Riesgo.

Otro elemento que caracterizó la labor docente de Jesús fue el riesgo. Jesús arriesgó algo que los maestros de su tiempo valoraban mucho: el prestigio y la popularidad. Cuando fue necesario y con el propósito de ayudar a aquellos que habían sido relegados de la sociedad, quebrantó las reglas impuestas por los maestros de su época. Algunos ejemplos que muestran esta actitud arriesgada del maestro fueron:

1. Hablar con una mujer en público (Juan 4)

2. Sanar en el día de reposo (Mateo 12:9‑14)

3. Comer con pecadores y publicanos (Mateo 9:11)

4. Acercarse y tocar a leprosos (Mateo 8:2)

5. Ser tocado por una mujer con flujo de sangre (Mateo 9:20)

El maestro o líder judío tenía prohibido todas estas cosas. Estas prohibiciones provenían de las distinciones entre puros e impuros (por ejemplo el leproso y la mujer con flujo), pecadores y cumplidores de la ley (publicanos, rameras, etc.), mujeres y hombres (la mujer en el pozo) y toda una serie de clasificaciones deshumanizantes que llegaron a ser un estorbo más que una ayuda para los maestros de Israel. Jesús corrió con el riesgo de «desobedecer» estos preceptos humanos con tal de que prevaleciera la verdadera enseñanza divina.

De nuevo mostraremos un cuadro que resume las cualidades particulares de Jesús como maestro y sus implicaciones para nosotros hoy:

CUALIDAD

SIGNIFICADO

IMPLICACIONES

AutoridadTenía un manejo exacto de la Escritura que provenía directamente de DiosLa eficacia e impacto de la enseñanza cristiana depende directamente de nuestra comunión con Dios y el estudio diligente de Su Palabra.PoderRespaldaba sus enseñanzas con demostraciones del poder de Dios para sanar, restaurar, liberar y perdonar. La enseñanza y la actuación iban juntos.La enseñanza cristiana no debe quedarse sólo en lo doctrinal o teórico; es necesario que actuemos juntamente con lo que enseñamos y confiar que Dios respaldará nuestra acción.SabiduríaSu enseñaba no provenía del estudio formal de la ley sino que se sustentaba directamente en la revelación divina.No es nuestra capacidad intelectual o nuestros estudios formales lo que sustenta nuestro ministerio docente sino el poder y la gracia de Dios.LegitimidadSu doctrina no provenía de algún otro maestro o escuela de su época. Era doctrina verdadera porque provenía de Dios y por lo tanto podía restaurar plenamente al hombre a la comunión con su Creador.Es necesario que sustentemos nuestra enseñanza en la Escritura y no en corrientes doctrinales, experiencias vividas o la tradición de algún grupo denominacional.RiesgoDesafiaba las reglas y costumbres de su tiempo cuando estas ponían en peligro el cumplimiento de su misión.Si algún patrón o conveniencia humana nos impide ministrar la vida de nuestros alumnos, por obediencia a Dios y amor a ellos, debemos estar dispuestos a quebrantarlos sin contaminarnos con el pecado.

Una manera de evaluar cuanto estamos dispuestos a desarrollar las cualidades que hicieron de Jesús un maestro singular, sería preguntándonos:

¿Cómo es la calidad de comunión que tengo con Dios y Su palabra? Mi ministerio como maestro se fundamenta en la revelación divina. Esta revelación, lejos de ser una experiencia mística es un andar diario y enriquecedor con Dios. El maestro cristiano debe nutrirse directamente de la fuente suprema que es Dios. Esta nutrición sólo es posible a través de la comunión íntima con el Señor en oración (vida devocional) y en el estudio serio, responsable y diligente de la Escritura. Pero se requiere disciplina de parte nuestra para desarrollar ese tipo de comunión que agrada a Dios. Oraciones desganadas, devocionales acelerados, estudios superficiales y lecciones improvisadas son a veces las características de algunos maestros. Es como ir a cobrar un cheque que no tiene fondo. Usted está ministrando la vida de sus alumnos pero no tiene el respaldo de Dios porque sencillamente no ha estado con él ni con Su palabra.

¿Cuántas veces las enseñanzas que he dado han sido respaldadas por manifestaciones especificas del poder de Dios? No es igual enseñar sobre la sanidad que ir a visitar a un alumno al hospital y orar por él con el anhelo que Dios lo levante de su cama. No es igual enseñar sobre la fe que rogar intensamente para que el Señor provea un nuevo empleo a un alumno desempleado.

Nuestras enseñanzas suenan bien y no nos comprometen hasta el momento en que los alumnos nos retan con sus necesidades a comprobar el poder de Dios en sus vidas. Siempre es más fácil hablar que actuar. La teoría en la sinagoga es correcta hasta que aparece un hombre con la mano seca. Sin embargo, necesitamos recordar que Dios quiere actuar con poder a través de nosotros. Necesitamos creer esto.

Dios se ha comprometido a respaldar nuestras acciones siempre que estas vayan de acuerdo a Su voluntad (1Juan 5: 14). Recuerdo el testimonio de un creyente que daba gracias a Dios porque una vieja dolencia fue sanada gracias al apoyo en oración que su grupo de estudio bíblico le brindó. No sólo estudiaban juntos la Biblia, oraban unos por otros y el Señor manifestaba su poder en medio de ellos. El poder de Dios nos ha sido otorgado cuando recibimos al Espíritu Santo y está listo para fluir cuando actuemos en nombre de Dios para glorificar su nombre y en consonancia con Su voluntad.

¿Hemos alimentado alguna vez la idea de que nuestro ministerio docente depende del conocimiento o experiencia que tenemos? Hay maestros que después de una enseñanza les embarga un sentimiento peligroso de suficiencia. Se felicitan a sí mismos por la manera como condujeron al grupo, por la forma como expusieron los conceptos, por el manejo de la Escritura y especialmente porque respondieron a todas las preguntas que los alumnos formularon. Esa pequeña sensación de ¡que buen maestro soy! es sumamente peligrosa. Empieza pequeña, casi imperceptible hasta que se apodera de todo nuestro ser y de repente sucede… ¡somos avergonzados delante de todos! Son ciertas las palabras del proverbista: Al fracaso lo precede la soberbia humana (Proverbios 18: 12 – Versión Internacional). Tengamos mucho cuidado.

Es necesario rechazar este sentimiento de suficiencia que aunque causa placer es dañino sencillamente porque no le da la gloria a Dios. La tragedia de Herodes debe estar presente en nuestra memoria:

Y el pueblo aclamaba gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre! Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos (Hechos 12: 22-23).

Nada de lo que hacemos es porque seamos capaces sino por la sola gracia de Dios.

¿Sustento toda mi enseñanza en la Escritura?, ¿qué lugar ocupan las experiencias, tradiciones, opiniones de autores de libros cristianos y otras fuentes extrabíblicas en mi enseñanza? El lugar que ocupa la Escritura en la enseñanza de un maestro mide su grado de legitimidad. Tanto mayor sea su apego a la Palabra de Dios mas legítima será su enseñanza. Debemos tener cuidado del uso que hacemos de las experiencias, tradiciones y otras fuentes extrabíblicas de conocimiento. En el momento que hacemos de las fuentes extrabíblicas la base de lo que enseñamos en ese momento habremos perdido toda legitimidad.

¿Estamos diciendo con esto que no debemos usar ninguna fuente extrabíblica en nuestra enseñanza? No es eso lo que estamos diciendo. Las experiencias, tradiciones, información científica, etc. pueden ser legítimamente usadas para corroborar o ilustrar lo que ya está firmemente sustentado en la Escritura de una menara objetiva y clara. La base esencial de la enseñanza seguirá siendo la infalible Palabra de Dios.

El famoso poeta alemán Goethe reconoció en medio de la intelectual sociedad que le rodeaba:

Cuanto más grandes sean los progresos de la Humanidad, tanto más claramente verán los que son sabios que la Biblia es el verdadero fundamento de la sabiduría y la maestra universal de la Humanidad.

¿He corrido riesgos por amor a mis alumnos en obediencia a Dios? Nuestra cultura impone reglas y convenimientos que se toman como patrones normativos: los pobres son rechazados, los niños de la calle son vistos como delincuentes, los expresidiarios no consigen trabajo en ninguna parte. Si queremos obedecer a Dios en el cumplimiento de nuestro ministerio debemos estar dispuestos a correr el riesgo de apartarnos de esos patrones aunque esto implique el cuestionamiento de los demás.

Pedro enfrentó los cuestionamientos de la iglesia de Jerusalén por haberse arriesgado a presentar el evangelio a un extranjero (Hechos 11: 1-18). De manera que a veces será la misma iglesia la que cuestionará nuestros procedimientos pero sólo cuando estamos dispuestos a mostrar a nuestros alumnos que les amamos y estamos dispuestos a correr cualquier riesgo por ese amor que les tenemos nuestra enseñanza causará un impacto en ellos. Hendriksen (Enseñando para cambiar vidas) llama a esto “enseñanza de corazón a corazón” y la resume de esta manera:

Piense qué pasaría con el joven promedio de su clase, si el próximo domingo, al salir, usted lo tomara del brazo, lo llevara a un lado y le dijera: “!Hola muchacho!; quiero que sepas que soy de los tuyos. Estoy orando por ti. Cuando necesites alguna ayuda, llámame, ¿de acuerdo? Estoy a tu disposición”.

El nunca olvidará quien es usted. ¿Cómo lo sé? Yo fui ese joven. (p.96)

[1] Estos autores señalan que el término autoridad (Gr. EXOUSIA) indica aquí que esta capacidad era entendida como sobrenatural (dada por Dios) y por eso causaba admiración en el pueblo.

[2] Hagg (1981) menciona que “desde que en Israel cesaron los profetas, los sabios se ocuparon profesionalmente de la interpretación de la Sagrada Escritura. De esta manera se formó un rango de doctores de la ley. Los escribas, que se elevaron pronto a la categoría de conductores del pueblo, siendo en general reconocidos como tales”. (p.585)