El hombre y su ministerio

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REFLEXIONES BÍBLICAS

Samuel Marcano

3/26/20264 min leer

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Es notoria la escasez de hombres comprometidos ministerialmente en la iglesia. No estamos hablando de personas que hacen una tarea, sino de hombres que han decidido consumirse el resto de sus vidas en hacer aquello que Dios les mando a hacer.

Al escribir su última carta a Timoteo, Pablo, en 2Timoteo 4:7, deja un triple legado que vale la pena considerar a la luz de ese compromiso que tanto necesitamos avivar en nuestro corazón.

He peleado la buena batalla (el legado del soldado). El apóstol varias veces se refiere a la vida cristiana como una batalla y a los creyentes como soldados activos (1Cor.9:25-27; Ef.6:12; 2Tim.2:5). No es difícil ver las tremendas luchas que enfrentó el apóstol. Varias veces confrontó las artimañas de falsos lideres (2Cor.11:13-15); estuvo dispuesto a sufrir hasta el límite por causa del evangelio (2Cor.11:23-29); se defendió resueltamente contra quienes querían descalificar su ministerio con falsas acusaciones (2Cor.10:3-5) y tenía una clara perspectiva del alcance de su lucha espiritual (Efe.6:10-17).

La esencia del soldado es la valentía. Está dispuesto a enfrentar cualquier peligro o amenaza con determinación. Sabe que su vida se perderá en cualquier momento, pero está dispuesto a darla por aquella causa que defiende.

Así era Pablo. Mostró en todo tiempo la firme determinación de obedecer el mandato de Dios cuéstele lo que le cueste. Enfrentó tanto la oposición desde adentro (falsos apóstoles, acusaciones, carnalidad) como la de fuera (judíos celosos, gentiles violentos, gobernadores). Y es que su Señor, que lo había llamado al ministerio, ya le había advertido acerca de “…cuanto le era necesario padecer por mi nombre” (Hec.9:16).

La lucha que tiene el hombre cristiano de hoy en cuanto a su llamado ministerial no es diferente. Igual tiene que ser valiente para resistir el falso cuestionamiento, los malos tratos, la falta de reconocimiento a su esfuerzo, confrontar el pecado y cualquier padecimiento que ponga en juego su propia seguridad o comodidad con tal de cumplir su ministerio asignado por el Señor.

Ha acabado la carrera (el legado del atleta). Otra figura recurrente en Pablo es la del atleta (1Tim.4:7; 2Tim.2:5; Heb.12:1). El creyente aquí es comparado a una persona que está en una competencia deportiva que exige de él mucha disciplina y preparación.

La esencia del atleta es la disciplina. Se dice que los atletas de los juegos ístmicos (conocidos muy bien por Pablo y su audiencia) permanecían recluidos en el gimnasio unos diez meses antes de los juegos, sometidos a duros entrenamientos. Debían ser muy disciplinados tanto en abstenerse de actividades contraproducentes, como en los regímenes dietéticos y físicos.

Pablo recoge bien esta idea en 1Cor.9:25-27. Allí se proyecta como un atleta que golpea su propio cuerpo y lo pone en servidumbre. Se refiere a los límites que el mismo imponía a sus propias necesidades y apetencias de modo que estas no se convirtieran en un estorbo para cumplir lo que Cristo le había mandado a hacer. La seguridad, comodidad y bienestar de su cuerpo no eran su prioridad (2Cor.11:23-29).

El hombre cristiano de hoy igualmente requiere disciplina espiritual para mantenerse firme en el ministerio y honrar a Dios hasta el fin. Son tristes las noticias de consiervos que han sido descalificados por trasgredir los límites de sus necesidades o deseos. El anhelo de popularidad, poder económico y placer sexual han sido las tumbas para muchos ministros que no supieron a tiempo golpear su propio cuerpo y ponerlo en servidumbre.

He guardado la fe (el legado del administrador). La figura implícita en esta última declaración es la de un administrador a quien se le confía algo preciado que el debe “guardar”. En este caso, debe guardar la fe.

También es esta es una figura que Pablo usa varias veces en su carta. El señala que Dios le había encomendado la palabra del evangelio para que lo administrara (1Cor.4:1; 1Tim.1:11). Pablo pasa este depósito a Timoteo y le pide que también lo administre con cuidado (1Tim.5:21; 6:20; 2Tim.1:14). Y para asegurar que este depósito siga pasando de generación a generación, le pide a Timoteo que busque creyentes fieles e idóneos que puedan enseñar a otros (2Tim.2:2)

La esencia del administrador es la fidelidad. Está listo para una auditoria que muestre cuanta honestidad, trasparencia y cuidado ha tenido en administrar aquello que le fue encomendado, Pablo estaba dispuesto a esta auditoría en todo momento (1Cor.4:1-5).

El apóstol sentía la urgente necesidad de ser fiel a la palabra que había recibido. Se cuidó mucho de no adulterarla, falsearla, omitirla o exagerarla (2Cor.2:4, 17; 2Cor.4:2). Igualmente exigió a Timoteo tener el mismo cuidado al trazarla (2Tim.2:15).

Uno de los desafíos más urgentes que el hombre de Dios tiene hoy en día es el de ser fiel a la Palabra de Dios. Hay una tremenda necesidad de exponer la Escritura fielmente. Es fácil encontrar buenos oradores pero es cada vez más difícil encontrar hombres que estén dispuestos a pagar el precio de trazar correctamente la Escritura. Una tarea como esta exige tiempo de estudio, investigación, reflexión, horas frente a Dios y Su palabra que no muchos están dispuestos a tener.

Como resultado vemos que la fe de muchos creyentes está fundada en sabiduría de hombres y no en el poder de Dios.

El desafío para nosotros como hombres comprometidos con un ministerio en la iglesia es que vivamos con la valentía del soldado, la disciplina del atleta y la fidelidad del mayordomo. Ese tipo de vida es sumamente exigente y agotador, pero ¿hay otra manera de servir a Aquel que entregó su vida para salvarnos?

Viviendo así no ganaremos mucho en esta vida. Una que otra persona nos dará alguna palabra de aliento, quizás alguien nos dará las gracias o hará mención de nuestro trabajo. Pero de lo que si estamos seguros, es de lo que dijo el apóstol en el versículo 8:

Ahora me espera la corona merecida que el Señor, el Juez justo, me dará en aquel día. Y no me la dará solamente a mí, sino también a todos los que con amor esperan su venida gloriosa.

Esfuérzate y esforcémonos, el premio bien vale la pena.

Samuel Marcano