El discipulado de Jesús, una educación basada en la relación y la vivencia.
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EDUCACION TEOLOGICA
Samuel Marcano
3/25/20267 min leer
Llama la atención que en el Antiguo Testamento no se conocía una relación discípulo‑maestro como la que encontramos en el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento aquel que enseñaba o entrenaba a otro se relacionaba con él de la forma como lo hacía un padre con un hijo o un siervo con su señor[1]. En cambio, en el Nuevo Testamento el concepto prevaleciente fue el de un maestro transmitiendo información a un alumno; el énfasis estaba mayormente en el contenido Al parecer, este concepto que vemos en el Nuevo testamento fue desarrollado en el judaísmo tardío (período intertestamentario) al entrar en contacto el judaísmo con la filosofía griega.[2]
El énfasis de la educación griega era básicamente intelectual a diferencia de la educación judía que hacía énfasis en la forma de vida.[3] La desviación hacia el énfasis intelectual que provenía del mundo helénico influyó notablemente en la cultura judía en más de una forma, entre las que podemos mencionar:
El establecimiento de la sinagoga como centro educativo.[4]
El desarrollo de las distintas escuelas de pensamientos rabínicos.
El programa educativo formal para llegar a ser un rabbí.
El método de interpretación rabínico.
Por esta razón el texto de estudio, los maestros, los discípulos y las instituciones promovían el conocimiento intelectual como un fin en sí mismo.[5] Jesús enfatiza en su enseñanza que el conocimiento es importante pero sólo como la base para edificar una vida en obediencia a Dios (Mateo 7:24‑27, la parábola de los dos cimientos). Para Jesús lo importante no era que sus discípulos memorizaran las cosas que él enseñaba (énfasis intelectual), sino ponerlas en práctica (énfasis vivencial, cf. Juan 13:17). El que sólo oye las palabras y no las hace, fundamenta su vida en una ilusión (cree que va al reino de los cielos pero está equivocado).[6] Por lo tanto el verdadero discípulo, si quiere construir su vida sobre la roca firme debe obedecer las palabras que ha oído del maestro.
En ese sentido, Jesús fue muy claro tanto en enseñar las exigencias como describir las evidencias de aquel que está comprometido realmente con él.
Las exigencias: ¿Qué exige Jesús de los suyos?
Sacrificio: El sacrificio fue una de las exigencias más controversiales de Cristo. Podemos definir el sacrifico como entregar la vida en obediencia a Dios más allá de nuestro propio bienestar, interés o comodidad. Jesús invitó a sus discípulos a vivir una vida de sacrificios no de comodidades (Mateo 8:20). Su propia vida estaba marcada por el sacrificio (Mateo 20:17‑19) y en su enseñanza ponía de manifiesto la excelencia del sacrificio (Juan 12:24ss). Por ello exigía tomar la cruz como condición para seguirle (Lucas 14:27).
El símbolo de la cruz es particularmente sugestivo. Los condenados a muerte daban su último paseo (era como una despedida) cargando el madero vertical de la cruz (llamado patibulum). Ya no tenían agenda para el otro día. Sus intereses, sueños, anhelos y planes estaban tan muertos como ellos.
Llevar la cruz es morir. Es morir a nuestras agendas de vidas para dar lugar exclusivamente a la agenda de Jesús. Pablo lo señaló categóricamente: Con Cristo he sido juntamente crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2: 20)
Fidelidad: Cristo exige también de los suyos fidelidad por encima de toda relación humana (Lucas 14:27). Por eso para él sus discípulos son sus hermanos y su madre (Mateo 12:46‑50). Toda relación de afecto que pueda implicar algún lazo familiar queda subordinado al afecto por Jesús.[7] Ningún discípulo puede profesar por nadie mayor fidelidad que por Jesús (Lucas 14:26).
Renuncia: La renuncia a todo lo que uno tiene, anhela o ama es otra condición del discípulo de Cristo. El joven rico, aparentemente, había cumplido con todo lo establecido por la ley para «heredar la vida eterna» pero no pudo resistir la demanda de Jesús : «Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres». No quería renunciar y por lo tanto abandonó su búsqueda del reino de los cielos. Aunque los fariseos podían estar orgullosos de aquel joven, pues había cumplido toda la ley, para Jesús era sólo un pobre hombre rico que difícilmente entraría al reino de los cielos (Lc.18: 24).
Un cuadro que explica estas exigencias en forma resumida sería la siguiente:
LAS EXIGENCIAS DE JESÚS PARA SUS DICIPULOS
EXIGENCIAS
EXPLICACION
SACRIFICIO
Entregar toda la vida en obediencia a Cristo más allá de mis propios intereses y comodidades.
FIDELIDAD
Amar a Jesús por encima de cualquier otro afecto terrenal.
RENUNCIA
Desprenderme de cualquier lazo que pueda significar un estorbo para seguir a Jesús.
PARA REFLEXIONAR
¿Qué implicaciones tiene esto para aquellos que tenemos la responsabilidad de guiar a los creyentes a la obediencia Cristo?
Es necesario evaluar constantemente qué tipo de sacrifico están haciendo los creyentes por Jesús.
Con la idea de que “Cristo no quiere sacrifico” (sospecho del primero que dijo esto) muchos no están haciendo ningún esfuerzo que implique poner en riesgo su comodidad, tranquilidad o seguridad. Tal vez están dispuestos a cantar “Un sacrificio vivo” pero se niegan a hacer una visita el domingo en la tarde porque es el día del Señor y hay que descansar al máximo. Pedro también se jactó de estar dispuesto a dar su vida por Jesús pero en el momento de la verdad lo negó (Marcos 14:68).
Debemos como maestros y mentores cristianos, estimular a los creyentes a ver el sacrificio personal como uno de los principales requerimientos que hace Jesús a los que quieren seguirlo.
Es necesario que animemos a los creyentes a amar a Jesús por encima de todas las cosas.
Muchas cosas podrían ocupar en el corazón de un creyente el lugar que debe corresponderle a Cristo: estudio, trabajo, familia, profesión, novio (a) o cónyuge. Note que estos elementos mencionados no son malos, al contrario, son buenos y muy necesarios. Pero precisamente eso es lo que los hace peligrosos. Poco a poco se apoderan de nosotros hasta que estamos dispuestos a hacer cualquier cosa por retenerlos y es allí donde comienza la infidelidad espiritual. Nos copiamos en un examen por aprobar una materia, mentimos al jefe para conservar el trabajo, gritamos a nuestra esposa para conservar nuestra autoridad, nuestra mano se extiende más allá de los permitido en el cuerpo de nuestra novia (o) para experimentar el placer prohibido, ¿y dónde está Jesús?, ¿y dónde están sus enseñanzas?, ¿dónde sus mandamientos? Justo en ese momento hemos sido infieles al que por nosotros entregó su vida.
Como maestros y mentores necesitamos enseñar de mil maneras a los creyentes el valor de ser fieles a Cristo en todo momento de nuestra vida.
Es necesario enseñar a los creyentes que ninguna cosa debe ser estimada tanto que no estemos dispuestos a renunciar a ella por Cristo.
Llama la atención la cantidad de personajes bíblicos que prefirieron aferrarse a algo antes que creerle a Dios. Adán se aferró al fruto del bien y el mal, el pueblo de Israel al becerro de oro, Sansón a Dalila, Saúl a su corona; en fin, prefirieron hacer caso a su propio instinto de conservación (más bien de destrucción) que a la promesa subjetiva de un Dios distante e invisible, según ellos.
Hay un refrán que dice: “Mejor es pájaro en mano que cien volando” Así piensan muchos hoy: “Mejor es trabajar más duro para ganar suficiente dinero no importa que no tenga tiempo para ir con la familia ni siquiera un día a la iglesia”; “mejor es conservar la amistad de ese hombre influyente aunque tenga que reírme de sus chistes obscenos”. ¿Qué tan lejos estamos dispuestos a llegar por tener un pájaro en la mano cuando hay miles prometidos en el reino de nuestro Padre celestial?
No debemos cansarnos de enseñar estos valores a los creyentes para que sus vidas sigan el ejemplo de Jesús.
[1] Note la relación de Moisés con Josué (Ex.24:13; Num.11:28) y Elí con Samuel (1Sam.3:6)
[2] Coenen, Ob.cit
[3] Para los griegos el término aprender (MANTHANO) tiene mucho que ver con el aprendizaje teórico (Heráclito y Protágora). Aún cuando filósofos destacados como Sócrates y Platón señalaron la necesidad de que el aprendizaje influyera en la forma de conducta (incluso Sócrates se negó a recibir pago alguno para no ser confundido con un maestro asalariado y ejemplificar el desprendimiento material), sin embargo, el concepto de aprendizaje llegó a evolucionar al significado de proceso teórico del pensamiento. No se pudo deslastrar del énfasis intelectual. Al contrario, el término aprender en la LXX (y su equivalente hebreo LAMAD) enfatizan poner en práctica el temor a Dios (Dt.4:10; 14:23; 17:19) y la obediencia a la ley (Dt.30:14) como evidencias de un verdadero aprendizaje (vea Coenen, Ob. Cit).
[4] Hagg y otros. Ob.cit., p.1866.
[5] Claro que había preocupación por el cumplimiento de la ley. No obstante esta preocupación sólo se hacía gravitar sobre los hombros del pueblo (Mt.23:4) reservando para los escribas y fariseos el prestigio de ser los maestros pero no los ejecutores de la ley (cf. vv.5‑7). J.Jeremías (1985) señala que «el único factor de poder de los escribas estribaba sólo en el saber» (p.251).
[6] Note que la parábola de los dos cimientos de Mateo 7:24-27 está en el contexto de las dificultades para entrar al reino de los cielos. Las dificultades que se presentan son: lo estrecho del camino (13‑14), los falsos profetas que engañan a los crédulos (15‑20), el engañarse a uno mismo (21‑23) y la aceptación meramente teórica o intelectual de las enseñanzas de Jesús (24‑27).
[7] Este concepto era especialmente desafiante en el contexto cultural de los judíos, para quienes los lazos familiares tenían un profundo sentido.
