Autoridad espiritual vs Abuso de poder (3/3)

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Samuel Marcano

3/25/202612 min leer

a man riding a skateboard down the side of a ramp
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4. Jesús, Dios hecho hombre, es el ejemplo de autoridad espiritual

Jesús les habló a sus discípulos acerca de esos que Todo lo hacen para que la gente los vea y los admire… Esos que Cuando van a la sinagoga o asisten a fiestas, les encanta que los traten como si fueran los más importantes. Esos a quienes Les gusta que la gente los salude en el mercado con gran respeto, y que los llame maestros, (Mateo 23:5-7). En contraposición a esta práctica mundana, Jesús les dijo: “No esperen que la gente los trate como líderes, porque yo, el Mesías, soy su único líder. El más importante de ustedes deberá ser el sirviente de todos. Porque los que se creen más importantes que los demás serán tratados como los menos importantes. Y los que se comportan como los menos importantes, serán tratados como los más importantes» (Mateo 23:10-12, La Biblia en lenguaje sencillo).

4.1. Nadie pone en duda la autoridad espiritual de Jesús. Aquél día cuando terminó su discurso conocido como El Sermón del Monte, Mateo afirma que: “Cuando Jesús terminó de decir estas cosas, las multitudes se asombraron de su enseñanza,porque les enseñaba como quien tenía autoridad, y no como los maestros de la ley.” (Mateo 7:28, 29 cf. Lucas 4:32). Aunque trataron de desfigurar la realidad, y afirmaron que Jesús “expulsaba a los demonios por medio del príncipe de los demonios” (Mateo 9:34; 12:24), los maestros de la Ley, adversarios de Jesús, tuvieron que reconocer la autoridad espiritual que emanaba de él: “Maestro, -le dijeron- sabemos que eres un hombre íntegro y que enseñas el camino de Dios de acuerdo con la verdad. No te dejas influir por nadie porque no te fijas en las apariencias. (Mateo 22:16) y en otra ocasión unos que habían sido enviados para arrestarlo, dijeron: “¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre!” (Juan 7:46). Pero aunque habló y actuó con autoridad, siempre se presentó con humildad.

4.2. En su autoridad, Jesús dio el ejemplo de sumisión y obediencia. Todos conocemos ese conmovedor episodio, según el cual Jesús “… se quitó el manto,… se ató una toalla a la cintura… y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla.” (Juan 13:4, 5). ¡Una extraordinaria lección de humildad![1] En la carta a los Filipenses, Pablo recoge lo que parece un himno de la iglesia primitiva que resume el ejemplo de Cristo, y lo inserta para ilustrar el concepto de humildad y obediencia que quería comunicarle a la iglesia: “No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien -dice- con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos.” Con cierta frecuencia leemos este capítulo con un énfasis cristológico y muchos teólogos lo usan para hablar de lo que llaman “la kenosis” de Cristo. Pero en verdad, el hincapié de este texto no es cristológico, sino más bien sociológico. Es un llamado a la humildad en la vivencia de la fe. Entonces, a manera de ejemplo, el apóstol les presentó una ilustración: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús,

“quien, siendo por naturaleza Dios,
no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.
7 Por el contrario, se rebajó voluntariamente,
tomando la naturaleza de siervo
y haciéndose semejante a los seres humanos.
8 Y al manifestarse como hombre,
se humilló a sí mismo
y se hizo obediente hasta la muerte,
¡y muerte de cruz!

¡Cristo es el más grande ejemplo de humildad y nos invita a seguirlo! Con autoridad, dijo: Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón

5. Pablo y la autoridad espiritual ¿Qué tiene que decirnos?

No podemos reflexionar en este tema sin considerar al apóstol Pablo. Al leer el NT no salimos del asombre al observar un hombre como éste. En menos de dos décadas transformó al mundo de su día con el mensaje del evangelio. El relato de los Hechos muestra cuánta geografía alcanzó con el evangelio en tan poco tiempo, cuántas iglesias estableció, cuántos líderes formó; y, además, cuánto escribió con atinada precisión en tan poco tiempo. ¡Eso es admirable! Su entrega, en cuerpo y alma, fue tal que al final de sus días, con la frente en alto evaluó su vida y su ministerio con estas palabras: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe. Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida” (2 Ti, 4.7, 8).

Desde que asumí el compromiso de hablar en este encuentro, me cautivó el texto de 1 Corintios 2:1-5 donde Pablo presenta su ejemplo personal. Desde entonces, ese texto ha revoloteado en mi cabeza. Así que, no quiero terminar estas reflexiones sin llamarles la atención a este texto. Pablo sabía bien de qué estaba hablando: Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría. Me propuse más bien, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de éste crucificado. Es más, me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo. No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios.

Es el testimonio personal de un hombre nuevo, que se calificaba a sí mismo como un siervo. Dos experiencias trascendentales habían marcado su vida. La primera fue su conversión. El encuentro personal con Jesucristo en el camino a Damasco lo había transformado de una manera radical: ¡Allí nació de nuevo! Fue de tal importancia este acontecimiento, que Lucas lo registra tres veces en su relato de los Hechos (Hechos 9:1-19, 22:6-21 y 26:12-18). Y fue tal el impacto transformador, que el mismo Pablo no vaciló en afirmar: “… si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Corintios 5:17).

El segundo acontecimiento que marcó la vida de Pablo, fue la misión que le encomendó el Señor: “Ahora, ponte en pie y escúchame. Me he aparecido a ti con el fin de designarte siervo y testigo de lo que has visto de mí y de lo que te voy a revelar.Te libraré de tu propio pueblo y de los gentiles. Te envío a éstospara que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que, por la fe en mí, reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados.» (Hechos 26:16-18). Más tarde, en la iglesia de Antioquía, esta comisión fue ratificada: “Mientras ayunaban y participaban en el culto al Señor, el Espíritu Santo dijo: «Apártenme ahora a Bernabé y a Saulo para el trabajo al que los he llamado.» Así que después de ayunar, orar e imponerles las manos, los despidieron.” (Hechos 13:2, 3).

En la conversión, Pablo aprendió la humillación y en la comisión la obediencia. Así lo manifiesta en su testimonio personal en 1 Corintios 2:1-5, que es una referencia a aquella primera visita narrada en Hechos 18, donde “Todos los sábados discutía en la sinagoga tratando de persuadir a Judíos y a griegos” (18:4), “testificándoles a los judíos que Jesús era el Mesías” (v. 5). El relato de Lucas da cuenta que allí se le opusieron con vehemencia y hasta lo insultaron.[2] A pesar de esto y en medio de conflictos, Pablo se quedó un año y medio en Corinto “enseñando entre el pueblo la Palabra de Dios”, después de haber recibido en visión un claro mensaje del Señor: No tengas miedo; sigue hablando y no te calles, pues estoy contigo. Aunque te ataquen, no voy a dejar que nadie te haga daño, porque tengo mucha gente en esta ciudad. (18:9, 10).

Ahora, pasados los años, les escribe esa primera carta y les recuerda cómo había sido su comportamiento entre ellos. Me llama poderosamente la atención que un hombre tan brillante en su pensamiento y habiendo recibido mensajes directamente del Señor, se presentara con tanta humildad como lo dibuja el texto de 1 corintios 2:1-5.[3] En este caso Pablo no pide que se le imite, pero su testimonio es un ejemplo de autoridad espiritual frente a la pretendida autoridad intelectual de los engreídos corintios. Así que, vale la pena prestarle atención a su actuación. Sin embargo, es interesante que un poco más adelante, en el contexto de este mismo pensamiento, Pablo pide que se le imite: «Por tanto, les ruego que sigan mi ejemplo.» (4.16)

Para quienes les gusta pensar ordenadamente, este texto puede dividirse en tres partes: Primero, la manera como se comportó Pablo cuando les presentó el evangelio a los corintios (Lo hizo sin elocuencia y sabiduría humana [v. 1], con debilidad y mucho temor [v. 3] y con demostración del poder del Espíritu de Dios [v. 4]). Segundo, el contenido de su presentación del evangelio: el Cristo crucificado (v. 2), decidió no saber de otra cosa, sino de Cristo crucificado. Y, tercero, el propósito de Pablo al presentar el evangelio: que la fe de los corintios se fundamentara en el poder de Dios, no en las capacidades humanas (v. 5).

De manera más didáctica y para quienes les gusta hacer uso de la mnemotecnia, al reflexionar en este texto, puede hablarse de: La Propuesta, el Proceder y el Propósito del apóstol en medio de los corintios. Su Propuesta fue diáfana y clara: el poder de Dios mediante el Cristo crucificado. Esta era una verdadera locura para los engreídos corintios, pero era la respuesta de Dios, quien “en su sabio designio, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen.” La propuesta del Cristo crucificado incluía la del Cristo resucitado, como lo expresa en 15:3-5 “… les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados… que fue sepultado, que resucitó al tercer día, según las escrituras, y que apareció”. Es decir, el Cristo crucificado es el “que fue entregado a la muerte por nuestros pecados, resucitó para nuestra justificación (Romanos 5:21) y ascendido a los cielos para nuestra esperanza.

En su Proceder, Pablo se presentó con humildad de corazón y convicción de su misión; “sin elocuencia ni sabiduría humana”, y “con tanta debilidad, que temblaba de miedo.” Pero lo hizo con el poder del Espíritu Santo. Pablo renunció a todo lo demás para presentar a Jesucristo y a éste crucificado. Pero no entendamos mal, a lo que Pablo renunció no fue a la sustancia doctrinal ni a la argumentación racional y coherente, sino a la sabiduría y a la retórica vana del mundo.[4] Sencillamente, no negoció los principios del evangelio, aunque aquella sociedad, como la nuestra, se mofara de ellos. Fue fiel y obediente a su Señor, como debemos serlo también nosotros hoy, aunque haya que pagar el precio.

Y su Propósito era bien claro: Que la fe de los creyentes se fundamentara en el poder de Dios, no en la sabiduría y habilidades humanas. Pero aunque se presentó con mucha humildad, no vaciló en responder con autoridad a los presuntuosos e engreídos Corintios: “… si Dios quiere, iré a visitarlos muy pronto, y ya veremos no sólo cómo hablan sino cuánto poder tienen esos presumidos. Porque el reino de Dios no es cuestión de palabras sino de poder. (1 Corintios 4:19, 20).

Entonces, 1 Cor. 2:1-5 revela a un hombre con autoridad espiritual, pero sin arrogancia personal. Su mensaje, centrado en “Cristo y su cruz”, parecía débil y ridículo a la sociedad, y lo parece todavía; junto con él, quienes proclamaban este mensaje eran calificadas como personas débiles y con demasiada sencillez, que no merecían credulidad en aquella sociedad de avanzada; y para el colmo, este mensaje lo habían aceptado los “pobres y necios” del mundo, a quienes nadie les prestaría atención. Pero el mensaje era fiel a la Palabra, los mensajeros obedientes al llamado y los receptores poseedores de una nueva vida. Sí este no era un hombre con autoridad espiritual, está muy cerca de serlo. Él siguió los caminos del maestro, los pasos de Jesús. ¿Lo haremos nosotros hoy?

Conclusión: Quiero terminar esta exposición citando una antigua fábula y un viejo himno cristiano.

– “Se cuenta que un viejo ermitaño, una de esas personas que disque por amor a Dios se refugia en la soledad del desierto, del bosque y de las montañas, para dedicarse a Dios, a la oración y a la penitencia, se quejaba mucho porque tenía demasiado que hacer. La gente, que esporádicamente lo veía, no entendía cómo era posible que tuviera tanto trabajo en su retiro. ¿Qué tanto trabajo tienes? –le preguntaron. A lo que, sin vacilar –contestó: Tengo que domar a dos halcones, entrenar a dos águilas, mantener quietos a dos conejos, vigilar una serpiente, cargar un asno y someter a un león. No vemos ningún animal cerca de la cueva donde vives, ¿dónde están todos esos animales? Entonces, pausadamente les dio una explicación que todos comprendieron:

Estos animales los llevamos dentro. –Los dos halcones se lanzan sobre todo lo que se les presenta, bueno y malo. Tengo que entrenarlos para que sólo se lancen sobre cosas buenas: SON MIS OJOS. –Las dos águilas con sus garras hieren y destrozan. Tengo que entrenarlas para que sólo se pongan al servicio y ayuden sin herir: SON MIS MANOS. –Y los dos conejos quieren ir donde les plazca, huir de los demás y esquivar las situaciones difíciles. Tengo que enseñarles a estar quietos, aunque haya un sufrimiento, un problema o cualquier cosa que no me guste: SON MIS PIES. –Lo más difícil es vigilar la serpiente, aunque se encuentra encerrada en una jaula de 32 barrotes. Siempre está lista para morder y envenenar a los que la rodean a penas se abre la jaula; si no la vigilo de cerca, hace mucho daño… ES MI LENGUA. –El burro es muy obstinado, no quiere cumplir con su deber. Pretende estar cansado y no quiere llevar su carga de cada día… ES MI CUERPO. –Y, finalmente, necesito domar al león. Quiere ser el rey, quiere ser siempre el primero, es vanidoso y orgulloso, y siempre quiere estar por encima de los demás… ES MI CORAZÓN.”

Un viejo himno, de Vicente Mendoza, 1875, dice:

1. Jesús es mi rey soberano,

Mi gozo es cantar su loor;

Es Rey, y me ve cual hermano,

Es Rey y me imparte su amor.

Dejando su trono de gloria,

Me vino a sacar de la escoria.

2. Jesús es mi amigo anhelado

Y en sombras o en luz siempre va

Paciente y humilde a mi lado,

Y ayuda y socorro me da.

Por eso constante lo sigo,

Porque Él es mi Rey y mi Amigo.

3. Señor, ¿qué pudiera yo darte,

Por tanta bondad para mí?

¿Me basta servirte y amarte?

¿Es todo entregarme yo a ti?

Entonces, acepta mi vida,

Que a ti solo queda rendida.”

¿Hay lugar, entonces, para el “abuso de poder” en el ejercicio de la autoridad espiritual en la iglesia? ¡NO, Y MIL VECES NO!!

[1] El autor a los hebreos afirma que: “Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen…” (Hebreos 5:8). En su humillación, Cristo aprendió la obediencia y ahora exige obediencia a aquellos por quienes murió.

[2] Como respuesta y en señal de protesta, Pablo les dijo: “¡Caiga la sangre de ustedes sobre su propia cabeza! Estoy libre de responsabilidad. De ahora en adelante me dirijo a los gentiles.” (v. 6).

[3] Cuatro expresiones son elocuentes en su testimonio:

a) Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría.

b) Me propuse más bien, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna, excepto de Cristo, y de éste crucificado.

c) Es más, me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo.

d) No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes, sino [les hablé y les prediqué] con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios.

[4]Pablo no escondió el hecho de que tenía miedo. “Cierto es que era dueño de un intelecto poderoso y una personalidad fuerte, y que había dedicado estos poderes a Cristo. Pero al mismo tiempo era físicamente débil y emocionalmente vulnerable. Según la tradición, su aspecto no impresionaba grandemente. Sus críticos decían que era de “presencia corporal débil” y de “palabra menospreciable”. De modo que no tenía un aspecto exterior atractivo como tampoco lo tenía su palabra. Agregado a esto, al parecer alguna enfermedad le había afectado la vista y, además, lo había desfigurado. Por lo demás, era consciente de la impopularidad de su evangelio, de la oposición que despertaría en Corinto, y, en consecuencia, del costo de ser fiel al mismo.” (J. Stott).