Autoridad espiritual vs Abuso de poder (2/3)
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REFLEXIONES BÍBLICAS
Samuel Marcano
3/26/202611 min leer
Al reflexionar en el tema me ha surgido un sin número de preguntas: ¿A quiénes da el Señor autoridad espiritual? ¿Puede ganarse la autoridad espiritual? ¿Puede perderse? ¿En qué ámbitos se ejerce la autoridad espiritual? ¿Puede usarse mal la autoridad espiritual? ¿Cuándo puede decirse que hay “abuso de poder” en el ejercicio de la autoridad espiritual?, etc. Entonces, me di cuenta que se trataba de un tema complejo que no puede abordarse de manera simplista ni con limitación de tiempo, como es el caso ahora. Pero hay varios asuntos que podemos considerar aquí.
3.1. La autoridad espiritual proviene de Dios. Esto parece elemental, pues sólo Él es soberano y junto con el Hijo, a quien le dio toda autoridad en el cielo y en la tierra, tiene el control del universo, de la historia, de su pueblo y de sus hijos. Juan, en el Apocalipsis, lo expresó muy bien: “Y oí a cuanta criatura hay en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra y en el mar, a todos en la creación, que cantaban: ¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, sean la alabanza y la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos!” (Apocalipsis 5:13, NVI). El apóstol Pablo se había anotado en la misma línea de pensamiento y cantaba: “Al único y bendito soberano, rey de reyes y Señor de señores… a él sea el honor y el poder eternamente.” (1 Timoteo 6:19). Entonces, si tenemos alguna autoridad espiritual (¡y la tenemos!) es representativa, no represiva ni autoritaria. Con la autoridad que Dios nos da, por su Santo Espíritu representamos su autoridad, no la usurpamos. Es Él quien nos da los dones y nos coloca en el ministerio de la iglesia. Cristo dijo claramente: “Separados de mi no pueden ustedes hacer nada”. Así que, no tenemos ninguna autoridad sin el poder el Espíritu. “Con el poder del Espíritu Santo que vive en nosotros, -exhortó Pablo a Timoteo- cuida la preciosa enseñanza [el buen depósito] que se ha confiado.” (2 Timoteo 2:14). Pablo se consideró a sí mismo un administrador de los misterios de Dios (1 Corintios 4:1) y esperaba que Timoteo siguiera el mismo camino de un buen administrador. Por eso, Timoteo debía “guardar el buen depósito”, de donde venía el mensaje y la autoridad espiritual.
3.2. La autoridad espiritual no sigue los parámetros de la autoridad en el mundo. Se le atribuye al historiador católico británico John Emerich Edward Dalkberg Acton (más conocido como Lord Acton) en 1887, la célebre frase: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Parece que lo que realmente dijo fue: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Esto puede ser la verdad en el mundo secular, pero si ocurre en la comunidad cristiana tenemos que admitir que algo anda mal con el cristianismo que profesamos. Cristo dijo claramente que entre sus discípulos “… el mayor debe comportarse como el menor, y el que manda como el que sirve.” (Lucas 22:26). Una cosa es la autoridad intelectual y la autoridad jerárquica en el mundo, y otra distinta es la autoridad espiritual en la iglesia de Cristo. Por tanto, no debemos medir la autoridad en la iglesia según los parámetros de este mundo. Según los parámetros del mundo, la autoridad está por encima de (tiene un sentido de verticalidad); pero tengo la convicción que según los criterios de Jesús, en su pueblo, en la iglesia, la autoridad está por debajo de (se realza más bien el sentido de horizontalidad). Entonces, en la comunidad del pueblo de Dios está prohibido que alguien se considere superior a los demás. El apóstol Pablo también lo entendió así, lo asumió y lo enseñó: No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús… (Filipenses 2:3-5).
Entonces, todo intento de superioridad en la iglesia es una rebelión contra la autoridad de Dios y su Palabra. Por supuesto, también en el pueblo de Dios “el abuso de poder” está latente, y todos somos vulnerables a esta práctica mundana. Con cierta frecuencia, los “líderes”, al nivel que sea, se sienten superiores. “Aquí el pastor soy yo.” “Aquí el líder soy yo.” Y miran a los demás de reojo por sobre los hombros… ¡Nada de eso, Cristo dijo que no son superiores! Así dijo él: “No permitan que a ustedes se les llame «Rabí», porque tienen un solo Maestro y todos ustedes son hermanos. Y no llamen «padre» a nadie en la tierra, porque ustedes tienen un solo Padre, y él está en el cielo.Ni permitan que los llamen «maestro», porque tienen un solo Maestro, el Cristo. El más importante entre ustedes será siervo de los demás. Porque el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” (Mateo 23:8-12).
Es cierto que en los esquemas de este mundo, “la autoridad consiste en el derecho de mandar y en el poder de hacerse obedecer.» Pero este concepto no cabe dentro de la autoridad espiritual en el contexto de la iglesia de Cristo. Esto es así porque la autoridad espiritual parte de una premisa totalmente opuesta a la del mundo. En este sentido, no importan al nivel que sea, la autoridad espiritual en la iglesia pasa por un proceso de fidelidad y de obediencia que se manifiesta en la sumisión, no a la exaltación. La exaltación le corresponde a Dios, la sumisión a nosotros. Entonces, el punto de partida de la autoridad espiritual está en el oír la voz de Dios y el de llegada en la obediencia a su Palabra. En medio de estos dos extremos está la reflexión para la acción que redunda en bendición, no en opresión ni vejación, para los demás. Entonces, la autoridad espiritual no consiste en imponerse, sino en someterse. Por eso decimos que la autoridad espiritual pasa por el proceso de oír la Palabra de Dios; y para eso hay que leerla y estudiarla con dedicación, pero con mucha humildad. También, la autoridad espiritual pasa por la reflexión personal en diálogo con el Señor; y para eso es necesaria la intimidad sincera con él en la meditación y la oración. Y también pasa por la obediencia en acción en contacto con su pueblo; y para eso hay que correr el riesgo de caminar con ese pueblo en sus realidades cotidianas, en sus dolores y frustraciones, en las cuales paso a paso enfrentan las asechanzas del espíritu del mal que opera en el mundo. Entonces, la autoridad espiritual no consiste en imponerse, sino en someterse para servir. Se le atribuye a la madre Teresa de Calcuta, la siguiente declaración: «Si usted no vive para servir, no sirve para vivir.» Así es, si usted no sirve, no sirve.
3.3. La autoridad espiritual implica cooperación. Sabemos que en una organización con líneas de mando, la autoridad es algo así como el derecho, en un determinado cargo, a ejercer discrecionalidad en la toma de decisiones que afectan a otras personas. En otras palabras, “la autoridad consiste en el derecho de mandar y en el poder de hacerse obedecer.» Entonces, desde esta perspectiva, la autoridad tiene implícita la subordinación. ¿Cómo concuerda esto con los principios de la fe cristiana y con la vida y misión de la iglesia? Sabemos que la iglesia es en esencia un organismo, no una organización; aunque en la práctica, funciona como una organización. No hay duda, donde quiera que se reúna un grupo de creyentes, habrá alguna forma de organización. Bien lo dijo George Peters: “Donde hay personas, hay función; y donde hay función hay alguna forma de organización.” Allí nacen los líderes, los pastores, guías espirituales, que ejercen alguna forma de autoridad, pero no de superioridad. Son hombres y mujeres dotados con dones espirituales para guiar o conducir al grupo de creyentes, la comunidad de fe, la cual también desarrolla su vida y misión sobre la base de los dones espirituales, en lo cual “somos colaboradores”.
Ahora, según la enseñanza de Jesús, esa comunidad debe caracterizarse por el amor y la unidad, como cualidades preponderantes que la distinguen en el cumplimiento de su vida y misión: “De este modo –dijo Jesús– todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos con los otros.” (Juan 13:35, NVI). Y en su gran oración sacerdotal se expresó referente a la unidad: “Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me has enviado.” (Juan 17:21, NVI). Entonces, la autoridad espiritual ha de reflejar el amor y la unidad en la comunidad de fieles.
3.4. La autoridad espiritual se evidencia en la obediencia. Un día un experto en la ley, quiso tenderle una trampa a Jesús con esta pregunta: “¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley? «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente» —le respondió Jesús—. Éste es el primero y el más importante de los mandamientos.El segundo se parece a éste: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:35-39). Es impresionante notar que el tema central que corre a través de la Biblia es la obediencia a la Palabra de Dios. Así le habló Dios a Israel: “La palabra está muy cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón, para que la obedezcas. »Hoy te doy a elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal.Hoy te ordeno que ames al Señor tu Dios, que andes en sus caminos, y que cumplas sus mandamientos, preceptos y leyes. Así vivirás y te multiplicarás, y el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra de la que vas a tomar posesión. »Pero si tu corazón se rebela y no obedeces, sino que te desvías para adorar y servir a otros dioses,te advierto hoy que serás destruido sin remedio… »Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida,…Ama al Señor tu Dios, obedécelo y sé fiel a él, porque de él depende tu vida… (Deuteronomio 30:14-20, NVI). El mensaje era claro: Si obedecían, Dios les daría bendición; si desobedecían, los alcanzaría la maldición. Sobre esta premisa se desarrolla el mensaje de los profetas en el Antiguo y el de los apóstoles en el Nuevo Testamento. Así que, ni los jueces ni los profetas de Israel, ni los apóstoles ni los predicadores de la iglesia inventaron su mensaje. Sencillamente exhortaron al pueblo para que obedeciera la Palabra de Dios, porque la desobediencia acarrea castigo. Y cuando el pueblo desobedecía, lo exhortaban al arrepentimiento sincero. El relato bíblico da cuenta de que el rey Saúl desobedeció la Palabra de Dios y, aunque según él, lo hizo con buenas intenciones porque tomó del botín para ofrecer sacrificios en Gilgal, el Señor le dijo: “¿Qué le agrada más al Señor: que se le ofrezcan holocaustos y sacrificios, o que se obedezca lo que él dice? El obedecer vale más que el sacrificio, y el prestar atención, más que la grasa de carneros. La rebeldía es tan grave como la adivinación, y la arrogancia, como el pecado de la idolatría. Y como tú has rechazado la palabra del Señor, él te ha rechazado como rey.” (1 Samuel 15:22-23). ¡La desobediencia a Dios es mala, aunque se tengan buenas intenciones!
3.5. Se nos llama a obedecer, no a exigir obediencia. San Agustín, el obispo de hipona, en el siglo V (354-439), aconsejaba: “Obedezcan más a los que enseñan que a los que mandan”. Y Ralph Waldo Emerson un pensador norteamericano del siglo XIX (1803-1882), decía: “Únicamente la obediencia tiene derecho al mando”. La obediencia es exigencia ineludible de la autoridad. El mandato de la gran comisión es: “hagan discípulos,… enseñándolos a obedecer todo lo que les mandado a ustedes.” ¡Y la obediencia se enseña obedeciendo! Así que, cuando por la gracia de Dios, la iglesia le confiere un cargo, una posición, un liderazgo, a una persona no es para que se ponga por encima de los demás, sino para que, en obediencia al Señor, conduzca con mansedumbre a los que tiene a su cargo. Ya en el siglo primero, el apóstol Pedro le habló a los ancianos de la iglesia sobre este asunto: “… cuiden como pastores el rebaño de Dios que está a su cargo, no por obligación ni por ambición de dinero, sino con afán de servir, como Dios quiere.No sean tiranos con los que están a su cuidado, sino sean ejemplos para el rebaño.Así, cuando aparezca el Pastor supremo, ustedes recibirán la inmarcesible corona de gloria.” (1 Pedro 5:2-4).
Entonces, el Señor nos llama a servir en obediencia a los principios del reino, no a subyugar y demandar obediencia. Jesús mismo declaró que él no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Y les dijo a sus discípulos: “Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes.” (Juan 13:15). ¿Cuán obedientes somos a lo que el Señor nos ha mandado? ¿Cuán siervos somos? ¿Cuán valientes somos para aplicar los principios de fe que profesamos? Les voy a contar una historia de algo que presencié hace apenas tres semanas: -Un hombre de avanzada edad, de buena apariencia, entró al autobús, se paró al frente y con voz clara y en tono respetuoso y solemne les pidió permiso a los presentes para decirles unas palabras. Con mucha claridad y precisión, que evidenciaba su convicción y comprensión de la fe, comenzó diciendo que Dios nos ama tanto que envió a su Hijo al mundo para que todo el que crea en él no se pierda sino que tenga vida eterna. Con una claridad, ilación y coherencia increíbles fue repitiendo unos cuantos versículos de la Biblia, conectados unos a otros de una manera tal que durante unos cuatro o cinco minutos hubo un silencio casi sepulcral en la buseta, hasta el chofer bajó el volumen de la música. Al final dijo: Si alguno de ustedes quiere recibir a Jesucristo en su corazón, haga conmigo esta oración. Y brevemente oró: “Señor Jesús, reconozco mi condición de pecador/a y me doy cuenta de tu gran amor por mí al morir en la cruz por mis pecados. Hoy quiero entregarte mi vida para que me des la salvación y seas mi Señor por el resto de mis días. Te recibo en mi corazón como Salvador y Señor.” A una señora que estaba delante de mí y a una que estaba detrás, y sospecho que también a un señor que estaba en la otra hilera de asientos, les oí repetir en voz audible, aparentemente sin temor alguno, la oración que estaba pronunciando el interlocutor. Terminada la oración felicitó a quienes la habían repetido y les aseguró que ahora Cristo había entrado a sus vidas y tenían la vida eterna. Les dijo unas brevísimas palabras sobre la gracia de Dios que habían recibido y como despedida añadió: “He orado a mi Señor que me guiara a este autobús para anunciarles su Palabra. A él le doy las gracias por habérmelo concedido. Ahora me voy a otro autobús para darles también a ellos este mismo mensaje. Que Dios les bendiga.” ¡Y se retiró!
Nadie hizo comentario alguno de lo que había ocurrido en el autobús. Creo que este es un hombre común del cual puede decirse, con propiedad, que tiene autoridad espiritual, aunque aparentemente no tiene un grupo de personas sobre la cual ejercerla. Tuvo la valentía de confesar su fe en línea con la misión que Jesús nos encomendó. Me sentí verdaderamente avergonzado y humillado; pedí perdón al Señor por mi falta de compromiso con la fe. Debemos obedecer y enseñar a otros a obedecer la Palabra de Dios. ¡Esto exige valentía!
